Historia de la Basílica de El Salvador.
La historia de la Basílica de El Salvador comienza a partir de una tragedia: el incendio de la iglesia de San Miguel de la Compañía, ocurrido el 8 de diciembre de 1863, en el que murieron cerca de 2.000 personas. Este templo se encontraba en la esquina de las actuales calles Compañía y Bandera, donde hoy se ubican los Jardines del Congreso Nacional. Como respuesta a este doloroso suceso, en 1864 el entonces Arzobispo de Santiago, Rafael Valentín Valdivieso, firma la ordenanza para la construcción de una nueva iglesia dedicada al “Salvador del Mundo”.
El diseño fue encomendado al arquitecto alemán Teodoro Burchard, quien proyectó un templo de estilo neogótico de proporciones monumentales, con capacidad para albergar a unas cinco mil personas. Las obras comenzaron en 1870 y culminaron con su inauguración en 1892. Desde entonces, la Basílica se convirtió en un referente espiritual y arquitectónico del centro de Santiago, destacando por su belleza y por su rol protagónico en la vida religiosa y social de la ciudad.
Santuario a la Divina Misericordia.
Sin embargo, con el paso del tiempo y los embates de la naturaleza, el templo sufrió importantes daños. El terremoto de 1985 afectó gravemente su estructura, obligando al cierre del edificio. Durante años, la Basílica permaneció en estado de abandono, expuesta al deterioro y al olvido.
A pesar de ello, en medio del silencio y el polvo, comenzó a florecer una nueva esperanza, impulsada especialmente por la devoción a Jesús de la Divina Misericordia. Esta espiritualidad, nacida de las revelaciones a Santa Faustina, ha traído nueva luz al templo herido, convirtiéndolo en un lugar de reparación, confianza y consuelo. La imagen de Jesús Misericordioso y la oración “Jesús, en Ti confío” se han vuelto el corazón del templo, y un refugio para quienes cargan con el peso del dolor, la soledad o las heridas del alma.
Hoy, la Basílica de El Salvador avanza en un proceso de restauración que busca no solo recuperar su belleza arquitectónica, sino también reavivar su misión espiritual como Santuario de la Divina Misericordia en el corazón de Santiago. Porque así como Dios puede levantar muros caídos y devolver la vida a un templo dañado, también puede restaurar el alma de quienes se sienten rotos, solos o sin rumbo. Más que un edificio, esta Basílica es un signo vivo de la fe que resiste, de la memoria que permanece, y de la Misericordia de Dios que transforma, sana y renueva.










