En el corazón de Santiago, la Basílica de El Salvador –marcada por las ruinas del terremoto de 1985– se transforma en un nuevo Santuario de la Divina Misericordia, un hospital para el alma y un faro de luz para quienes se sienten rotos, olvidados o sin rumbo.

Creemos firmemente que el Corazón Misericordioso de Jesús puede más que cualquier herida, pecado o desesperanza. Así como se lo reveló en 1931 a Santa Faustina Kowalska —religiosa polaca de la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, nacida en 1905 en Głogowiec—, el Señor nos recuerda que la paz verdadera solo llegará cuando confiemos plenamente en Su Misericordia.

En su sencillez, Santa Faustina fue elegida para difundir este mensaje, que no es suyo, sino de Cristo mismo: un llamado a volver al Corazón abierto de Jesús. Su misión concluyó en 1938, pero el eco de esas palabras sigue vivo porque es Dios quien habla a través de ellas.

San Juan Pablo II, al canonizarla en el año 2000, subrayó que este mensaje de la Misericordia es la respuesta de Dios a las expectativas de los hombres de nuestro tiempo”. Es decir, no se trata tanto de Faustina, sino de Aquel que quiso servirse de ella para recordarnos que su Amor es más fuerte que cualquier oscuridad.

Aquí no importa cuán perdido te sientas: Dios puede restaurar, Jesús puede sanar lo que parece imposible, La esperanza puede renacer.

Solo hay una clave: confiar. Porque cuando ya no hay solución, Jesús sí la tiene.

Acércate y confía, Jesús te espera.
“Jesús, en Ti confío.”

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